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lunes, 26 de enero de 2015

Poderes...




CHAN-TATA-CHAN 

Es verano, me he levantado pronto y me he puesto a regar las plantas que tengo en mi terraza. Al término de esta operación, el frescor penetra por toda la casa. No me considero maniático, pero confieso que un extraño orden domina toda la casa. Lo habitual, es que la gente tarde años en completar esa perfección hogareña que nos coloca en un estado de clímax. Yo tardé tan solo unos días. No, no penséis que mis recursos económicos me procuraron dicho clímax hogareño en tan poco tiempo. Fue otra cosa. 

Todo comenzó una tarde de invierno en que había salido a dar un paseo. Me gusta recorrer la calle más comercial de mi ciudad y revisar todos los escaparates. Me suelo detener ante el expositor de las fruterías para disfrutar de semejante crisol de formas y colores. También hago una corta parada en el escaparate de la tienda de electrodomésticos. Me coloco frente a varios televisores de diferentes tamaños e intento seguir sus imágenes todas a la vez. 

El caso es que, aquel día, los televisores daban un programa en el que salía un mago. Seguro que os suena, uno que se llama Juan Tamariz. Me pareció alucinante cómo, con la ayuda de una simple varita mágica, dio un toquecito en su sombrero, levantó los brazos, dijo ¡chan-tata chan!, y sacó un fajo de billetes de cincuenta euros. Aquella aparición me provocó tal asombro que regresé a casa sin parar de pensar en aquél simple artilugio. En la varita mágica de Juan Tamariz. 

La varita, la varita, el poder de crear fajos de dinero con un simple chan tata chan: la cabeza me daba vueltas. La de cosas que podría comprar gracias a esa varita mágica. Podría ser dueño de…, de una finca inmensa, de una montaña, de un país, de una nave para explorar el espacio. ¡Cualquier cosa! 

Localicé donde sería su próxima actuación. Era en un teatro. Acudí el día de su función, disfruté y aplaudí como un espectador más. Salió del teatro y le seguí como si fuera un detective privado. Para ejecutar la operación no dudé en ponerme una gabardina larga, cambiarme la raya del pelo y ponerme unas gafas sin graduar. Mi mirada se clavaba en su cabellera larga y canosa cubierta por un sombrero negro de ala ancha. Le miraba y repetía mi neurótica letanía: chan-tata-chan…, chan-tata-chan. 

Finalmente, aproveché el momento en que entraba en el portal para darle un fuerte empujón que le hizo caer y golpearse contra la pared. Entre el susto y el miedo quedó paralizado. Abrí su maletín, lo vacié bruscamente sobre la moqueta y allí estaba, la varita mágica. Le pedí disculpas por el golpe y también le pedí un autógrafo (ya de paso). Me llevé su varita mágica y desaparecí del portal de Juan Tamariz para dirigirme hasta mi casa. Durante todo el camino fui abrazado a la varita mágica, mi varita mágica, y repitiendo mi letanía de chan-tata-chan, chan tata-chan, chan-tata-chan… 

Al llegar a casa busqué un sombrero, una chistera, una gorra, ¡algo! Finalmente utilicé una gorra publicitaria que nunca me ponía por vergüenza. La puse sobre una mesa, la miré fijamente, me concentré en lo que quería, empuñé la varita mágica, levanté los brazos, abrí la boca y los ojos como si fuera en una montaña rusa y grité: ¡chaaaaan-tata-chaaaaaan! Cerré los ojos y metí la mano en la gorra. No podía creerlo pero allí estaba. ¡Un taco de billetes de quinientos euros en perfecto estado! Los cogí y los olí. Eran de verdad. Los guardé y pasé la noche pensando en qué me los podría gastar. 

Al día siguiente salí a la calle, repitiendo mi letanía de chan tata chan, y me dirigí a una famosa fábrica de muebles y menaje del hogar. Pasé y pedí que me acompañara uno de los dependientes. No me compliqué mucho. Fue tan sencillo como ir diciendo: Quiero toda esa cocina, todo ese salón, toda esa habitación, y esa también, aquel despacho, y, nada más. ¿Me lo llevan a casa? 

En menos de cuarenta y ocho horas mi casa había dado un cambio tan radical que no me atreví a confesárselo a nadie. Disfruté de su ambiente acogedor. Encendí el televisor nuevo de plasma, puse los pies sobre la mesa y encendí un cigarro. Lo terminé, apagué el televisor, bostecé y salí a pasear a la calle. 

Llevaba encima la varita mágica. Era realmente tentador cambiar la realidad de las cosas. Así, si veía una rosa marchita, la daba un toquecito con la varita y ¡chan tata chan! La rosa se ponía esplendorosa; Si veía un niño llorando, chan tata chan, y sonreía; Si veía un coche averiado, chan tata chan, y funcionaba; y así, me dediqué a hacer buenas acciones. 

Al regresar de mi paseo, encontré a un pobre mendigo tumbado en el suelo y arropado con unos cartones. Llevaba una bufanda que le tapaba la cara y un gorro de lana. Tenía un platito con algunas monedas que la gente le habría echado. Comprended que uno tiene su corazoncito. Con la varita mágica, y mi chan tata chan, hice que en el platillo apareciera un taco de billetes de cincuenta euros. Le desperté para que guardara el dinero y me marché orgulloso de mi buena acción. 

Me dispuse a cenar, estaba realmente cansado. Me quité los zapatos y abrí el cajón en el que pretendía guardar la varita mágica pero, no la llevaba encima. Me miré por todas partes y busqué por toda la casa. ¡Había perdido la varita mágica! Salí a la calle y busqué por el mismo recorrido que había hecho. Sin duda, la varita debería haberse perdido entre mi casa y el punto donde se encontraba aquel mendigo pero, aquel hombre, ya no estaba. 

Pocas veces en mi vida he sentido semejante frustración. Realmente cabizbajo regresé a casa. Observé todos los muebles que había comprado, pero ni tan siquiera estos placeres lograron disipar mi gran pesadumbre. Me metí en la cama y medité sobre las consecuencias que podría tener la pérdida de la varita mágica. Pasaron los días, pero todo seguía igual. 

Reanudé mi rutina de salir a pasear y ver escaparates. Me detuve, como era habitual, en el escaparate de televisores, y, en el televisor más grande, estaban dando un programa de entretenimiento. Acababan de dar paso al espectáculo de un famoso artista. No podía creerlo pero, era Juan Tamariz. Sentí lástima por haberle quitado la varita mágica, y por haberle agredido, claro está. Pero, cual fue mi sorpresa cuando se dispuso a realizar el número de la chistera y ¡la varita mágica! Sin duda se debería tratar de otra varita mágica. Dijo su chan tata chan, dio un toquecito con la varita en la chistera y apareció un conejo. Un conejo blanco con ojos rojos y que no paraba de mover el hocico. 

Volví a casa pensando que, tal vez, aquel mendigo al que ayudé podría ser el mismísimo Juan Tamariz. Que habría influido en la varita para que me hiciera a salir a la calle y llevarme ante él. Que la varita mágica habría vuelto a las manos del único que sabía usarla. O que todo era fruto de nuestra imaginación y las varitas no eran capaces de crear dinero ni conejos. Lo cierto fue que, regresé a mi impecable casa, y me sentí feliz por el desenlace de esta historia. 

Alberto Villares

domingo, 21 de diciembre de 2014

En homenaje al bandolero romántico


EL DOMINGO A LA MISMA HORA

Buenos días señora, disculpe que me siente aquí a su lado. Pasaba por aquí y no he podido evitar fijarme esos anillos que lleva en sus delicadas manos. Me vino a la cabeza el célebre bandolero “José María el Tempranillo”, así como una de sus frases: “mano tan bella no necesita de alhajas”. Y es que, como usted irá intuyendo, deseo robarla. Tranquila, no se ponga nerviosa, es que es mi primera vez. Además, que no tendría que ser un robo con fuerza. Bueno, entonces, ¿qué le parece? ¿Empezamos? 

Bueno…, es que no estoy segura de sus intenciones. Además: ¿esto es para la tele o qué? Es que nunca me han robado. Vale, acepto el robo. ¿Cómo me pongo?, ¿así? 

¡Por favor, parece usted una diva! No se preocupe, no hay ninguna cámara. Estamos solos: La señora más guapa que hay sobre la faz de la tierra y yo. Bien, yo saldré desde detrás de aquel árbol, me acercaré sigiloso, sacaré mi navaja, bueno la navaja habíamos dicho que no, y la digo que me dé todas las joyas que lleva encima. ¿Le parece bien? 

De acuerdo…, yo, aquí le espero. No tarde por favor. ¡Qué nervios! ¡El Tempranillo! 

Pues allí voy: 

¡Señora, deme todas sus joyas ahora mismo! ¡Vamos, vamos, que no tengo todo el día! 

¡Por favor, no me haga daño, le daré todo lo que me pida! ¡Tenga, tenga, los anillos…, las pulseras y mi colgante del Sagrado Corazón! ¡Cuídelo bien, que me lo regaló mi madre! 

Bien, pues, creo que ya está. ¿Le ha gustado? ¡Menudo robo, eh! 

Buffff, por favor ¡qué experiencia! Para ser la primera vez que me roban no ha estado nada mal. Pero que nada mal. Usted ha parecido un ladrón de película. ¡Como Curro Jiménez! 

Bueno pues…, me alegro de haberla robado de forma tan agradable. Si usted sigue viniendo por aquí…, podría robarla otro día. 

Mira hijo, si todos tus robos van a ser así, me puedes robar cuantas veces quieras. Mañana no creo que venga porque tengo que cuidar de mi nieto, pero el domingo seguramente vuelva. A la misma hora ¡¿Eh pillín?! Y no olvide mis joyas, que las necesitaremos. 

Perfecto, pues, en ése caso, será un placer volver a verla. A robarla, quiero decir. El domingo a la misma hora. Ha sido usted una víctima encantadora. Madame, que tenga un buen día. 

El placer es mío, y tenga, mi número de teléfono, para que me avise si no puede venir, que supongo que un chico tan guapo…, tendrá novia, ¿verdad? 

Bueno…, algo hay. Tengo que marcharme, los migueletes estarán al caer. Le prometo que el próximo domingo estaré aquí para robarle de nuevo. Ha sido una experiencia inolvidable. 

Un beso muy grande hijo, y sé bueno, que si no te veo el domingo me preocuparé mucho. Un beso muy grande. Adiós, adioooooss. (Creo que me he enamorado) 

¡Au revoir, Madame! (Buffff, si el Tempranillo levantara la cabeza).



Alberto Villares 

sábado, 8 de noviembre de 2014

Un relato culinario

Espero que os guste este relato en el que trato la incomunicación en la pareja y cómo nos abrimos sin tapujos fuera de ella:


TE CONFIESO

 Las confesiones de pareja son como las confesiones entre amantes. Y como las que puedas tener con cualquier persona desconocida. Las confesiones no existen por imperativo dogmático sino a petición de. Somos los seres vivos los que buscamos un confesor. En la cama, en la barra de un bar o arrodillados frente a un cubículo de madera vieja. Necesitamos confesar aquello que no podemos gritar a los cuatro vientos. Necesitamos contar que nos hemos salido del riel. Que hemos hecho trampa. 

Mi novio me confiesa que ha visto una promoción interesante. Un dúplex con cinco habitaciones: la nuestra, el despacho de cada uno, y las habitaciones de los niños. Porque tendremos dos, ¿verdad, cariño? –Le respondo que sí, mientras sigo buscando el botecito del colorante para alegrar la paella. 

Tiene dos cuartos de baño, o tres, no lo recuerdo. El nuestro, el de los niños y otro para los invitados. –Continúa su confesión mientras, con la cuchara de palo, me aseguro que ningún mejillón quede fuera del caldo. Odio que los mejillones queden secos. El chup chup de la paella me hipnotiza mientras mi chico sigue hablando. 

Y el precio está de maravilla. Es una ganga. Son X y, de entrada, ¡sólo tendríamos que pagar Y! Podemos hacer la reserva cuanto antes. Ya sólo les quedan dos por vender. Claro cariño –le respondo, mientras apago el fuego y reviso el folleto del dúplex. Nuestro nidito, según dice. 

Dos horas más tarde quedo con mi amante para tomar café y confesarme. Soy atea pero hace muy bien su papel de confesor, entro otras cosas. 

Yo creo que se ha vuelto loco. Lo tiene todo pensado, ¡incluso el número de hijos que vamos a tener! Me fue imposible dar bocado mientras no paraba de hablar. Que si las habitaciones, las calidades, las puertas de roble… Creo que pude contar el número de granos de arroz que había en el plato. Bueno, estoy exagerando, pero sí que había cinco mejillones y dos cigalas. No paraba de hablar mientras mi arroz se enfriaba. Se comió dos platos con verdadero ansia, mientras yo observaba mi plato, cada vez más frio. Al final tuve que tirarlo. – Él me escucha, mientras el tin tin de la cucharilla le hipnotiza haciendo espirales en la espumilla del café. 

Se ha vuelto loco, ¿no crees? – No respondió, tan sólo dejó escapar: aún disponemos de dos horas antes de que llegue mi mujer. Estarás muerta de hambre. Te llevaré a comer algo. 


 Alberto Villares. 

 Taller de cuento, lunes 3-Nov-2014 
Consigna: Algo que transcurre en dos horas.

lunes, 3 de marzo de 2014

Una metamorfosis


SOY UN CERNÍCALO
Desperté y tenía el cuerpo cubierto de plumas. Era algo extraño, muy extraño. En mi vida me había ocurrido nada igual. Del cuello para abajo tenía el aspecto de un ave de presa: largas plumas remeras en las manos, abanico de timoneras que salían de mi rabadilla, mis pies estaban como escamados y tenían unas garras muy afiladas. El pecho lo tenía cubierto de claras plumas moteadas. Como me gustan las aves, pude adivinar que me había convertido en un cernícalo. Sí, uno de esos que se ciernen sobre los campos en busca de pequeñas presas.
Como podréis imaginar, ni se me pasó por la cabeza salir a la calle con semejante aspecto. Además mi tamaño también se había reducido considerablemente hasta llegar al tamaño real del ave. Aguanté hasta la noche para meterme otra vez en la cama (en realidad me posé sobre un brazo del sofá), y confiando en despertar al día siguiente habiendo concluido mi metamorfosis.
Al cabo de ocho horas, pues soy muy dormilón, abandoné mi posadero y de un vuelo me coloqué sobre el lavabo, frente al espejo. Era increíble, no podía creerlo. ¡Ya era un cernícalo completo! Mi cabeza estaba emplumada, mis ojos eran de un negro azabache y, por boca y nariz, tenía un imponente pico. Volé ansioso hasta el salón y allí di varias vueltas en círculo. ¡Cómo me cernía sobre el mando de la tele! Me asustaba de mis propias garras. ¿Y mi vista? ¡Podía leer con perfección un libro colocado a más de diez metros de distancia!
Pasaron las horas, comencé a sentir hambre y me encontré con un serio problema. Como ya era un cernícalo completo, no podía abrir la nevera ni la puerta del armario de la despensa, la puerta de la calle, abrir una ventana, un grifo, y tampoco utilizar el teléfono para pedir ayuda. Incluso había perdido el habla y tan sólo podía emitir un extraño chillido: kii-kii-kii.
Llevo así más de tres días y ya sólo deseo despertar una mañana, mirarme al espejo, y comprobar que vuelvo a ser un ser humano. De lo contrario moriré de hambre o de sed. Quién sabe si esta noche, por fin, será la definitiva.

Alberto Villares

sábado, 14 de diciembre de 2013

El mundo se acaba y alguien lo sabe.

ANTES DEL PARTIDO
“Hola, me llamo Paco y le llamaba para decirle que el mundo se acabará esta tarde. Concretamente antes del partido de fútbol. Me lo ha dicho mi vecino Andrés hace apenas dos horas”. El policía que estaba al otro lado del teléfono optó por colgarme.

Esta mañana, Andrés y yo estábamos dejando el coche al mismo tiempo en la calle de enfrente del portal. Se acercó a mí con paso lento, brazos pegados al tronco, boca abierta y mirada perdida. Paco, tengo que decirte que el mundo se acabará esta tarde antes del partido de fútbol. Ya sé que suena extremadamente increíble, pero es cierto. Os quiero.

El caso es que le di total credibilidad. Andrés siempre ha sido un hombre muy bromista y campechano, pero con estas cosas no se anda con bromas. Si Andrés me ha dicho que el mundo se acaba antes del partido de esta noche es que se acaba antes del partido de esta noche.

Cuando subí a casa y se lo conté a Julia, mi mujer, me miró durante cinco segundos y dejó todo lo que estaba haciendo. Apagó los fuegos de la cocina para evitar que se nos quemara la casa en nuestra ausencia. Cogió un gran neceser y la ropa imprescindible. Se puso las mejores galas y se pintó de un modo muy sensual. Si vamos a morir todos al menos lo haremos con la cabeza bien alta, me dijo.
 
Los niños estaban en la academia de idiomas. Tenían un examen muy importante para el que llevaban semanas estudiando. Pensaban que sin idiomas no vas a ninguna parte. Como era un examen tan importante para ellos decidimos esperar a que salieran y nos contaran qué tal les había salido.

Más tarde, desde la ventana del salón, observé por detrás de la cortina que Andrés aún no se había marchado. Me pareció extraño que sólo me lo hubiera confesado a mí, por lo que estuvimos pensando en la posibilidad de contárselo a todos los vecinos. Paco, ¿se lo voy diciendo a tus padres?, me dijo Julia. Mejor no, que conociendo a mi madre se moriría del susto, la respondí.

Decidí subir a casa de Andrés para preguntarle. Llamé al timbre y me abrió con una indumentaria que jamás habría imaginado. Llevaba una túnica larga de color negro y con estrellas azules bordadas, un sombrero puntiagudo también de color negro y con estrellitas azules bordadas. Tenía la misma cara de pasmado de esta mañana, y llevaba una bola de cristal sobre su brazo derecho. Me arrepentí de preguntarle nada y opté por pedirle un par de huevos que nos faltaban para hacer una tortilla de patata.
 
Bajé a casa con los huevos de Andrés en la mano y le dije a Julia que antes de marcharnos podríamos hacer una tortilla de patata. Los niños estaban de acuerdo. El partido de fútbol estaba a punto de comenzar y el cielo comenzó a teñirse de un rojo fuego. Toda la gente salió a la calle con cara de asombro. Y así, sentados frente al televisor, disfrutábamos de una excelente tortilla mientras veíamos cómo todo se iba apagando poco a poco…, poco a poco.

Alberto Villares.

lunes, 4 de noviembre de 2013

Un hombre, una mujer y una vaca en una balsa.

LA DOTE
Dicen que del amor al odio hay un paso. Es lo que les pasó a un joven oficial del ejército norteamericano y a su amada vietnamita, durante la famosa contienda que ambas naciones libraron en los años sesenta. El soldado se enamoró tan fuerte de la chica que tuvo que desertar para casarse con ella. La boda fue por el rito vietnamita y no faltaron flores de loto ni ofrendas a los ancestros. La dote que recibió la chica fue una vaca. Como el soldado había desertado, decidieron empezar una nueva vida al otro lado del océano. Los habitantes de la aldea construyeron una gran balsa y la equiparon con todo tipo de útiles de supervivencia y víveres, incluida la dote de la chica: la vaca.
Se embarcaron y permanecieron a la deriva durante seis días. Se abrazaban, besaban y, con cierta inquietud, miraban a la vaca. El animal, que no se amilanaba, les sostenía la mirada. El ex soldado le dijo a su esposa que, al llegar a tierra, podrían matar a la vaca para obtener unas primeras rentas con la venta de la carne; a lo que la bella vietnamita, no sin fruncir el ceño, respondió que no. Propuso a su marido que la vaca sería utilizada en las labores agrícolas como animal de tiro.
Durante todo el séptimo día la pareja estuvo discutiendo sobre el destino de la vaca. Él llegó incluso a buscar el cuchillo que utilizaría para despiezarla. Ella también localizó el azadón que sería acoplado a la vaca para labrar las tierras. La vaca, cada vez más tensa y sintiéndose víctima de la contienda matrimonial, decidió ignorar a la pareja y afinó la vista en busca de algún atisbo de tierra firme.
El ex soldado, presa de su propio orgullo, comenzó a afilar el cuchillo mientras miraba maléficamente a la vaca; la bella asiática, por su parte, cogió el azadón de forma defensiva mientras miraba a los ojos de su marido.
Ocurrió que la vaca, al intuir el verdor de tierra firme, emitió un mugido y se lanzó al agua. La pareja, azadón y cuchillo en mano, miró pasmada cómo la vaca se alejaba nadando lentamente. Nadie volvió a saber de ellos ni de la vaca.

Alberto Villares

lunes, 21 de octubre de 2013

Vamos caminando y encontramos un huevo gigante.

EL HUEVO DE COLÓN
Un huevo es un hallazgo que suele causar alegría en su descubridor por los réditos alimenticios que le aportará, salvo en el caso que os voy a relatar. Tal vez haya que ponerle un poco de imaginación para creer lo que les ocurrió a cinco amigos en el mismísimo puente de Segovia, en Madrid.
Los chicos venían de disfrutar la prolongación de una animada cena en el centro de la ciudad. Era de madrugada y debían ser entre las cuatro y las cinco de la mañana. La noche había sido de lo más divertida y los chicos caminaban a sus casas entre cánticos, exaltaciones de amistad y bravuconerías. Todos pusieron su atención, o al menos lo intentaron, en el objeto que uno de ellos, Iván, les señalaba. Era un huevo gigante de unos cinco metros de altura. Los cinco amigos se acercaron al huevo con lentos movimientos y la boca totalmente abierta. Acercaban la mano para tocarlo pero la retiraban rápidamente. Juanillo fue el primero que puso la mano sobre el huevo, lo que provocó que el huevo rodara y cayera sobre Eduardo, que se encontraba al otro lado. Los cuatro retiraron el huevo de encima de Eduardo pero rodó y aplastó la pierna de Toño. Sus gritos de dolor eran insoportables. Juanillo y Javi retiraron como pudieron el huevo para rescatar la pierna de Toño. Iván, que se encontraba socorriendo el aplastamiento de Eduardo, no pudo ver cómo el huevo, tras volver a rodar, le golpeaba fuertemente en la espalda. Juanillo retiró como pudo el gran huevo de encima de Iván, con tan mala suerte que el huevo volvió a rodar y volvió a aplastar la pierna de Toño y el brazo de Javi, que se encontraba socorriéndole. Juanillo retiró el huevo de encima de la pierna de Toño y el brazo de Javi. Al soltar el huevo para socorrerles este volvió a caer; esta vez sobre los tres.
Tras la paliza que aquel huevo propinó a los cinco jóvenes surgió una mano enorme que, bajando del cielo, cogió el huevo y, de golpe, lo colocó de pié. Y una voz celestial que decía: “después de vista la hazaña, cualquiera sabe como hacerla”. Los servicios de emergencias atendieron a los cinco jóvenes mientras, navegando por el Manzanares, pasaron los espectros de dos carabelas y una nao.


Alberto Villares. 21/10/2013